LITHOS, LA CIUDAD DE LA LETRA CINCELADA

Esta entrada te presenta un video publicado en nuestro canal de Youtube.

Lithos, la Ciudad de la Letra Cincelada

La trama de este corto se centra en una ciudad de ficción llamada Lithos. ¿Por qué nos aprovechamos de la ficción? esta es una buena pregunta, que esperamos que te acerque a la intención de la propuesta de este audiovisual. ¿Recuerdas a Michael Ende, tanto en “La Historia interminable” como en “Momo”?
Este gran autor señala una necesidad del ser humano de no perder la esperanza, y esta la atribuye al mundo de Fantasía, y nos dice que si desaparece Fantasía desaparece el ser humano.

Nuestra fantasía en este video es para que la evoques en tu interior más silencioso, donde la mente no tiene acceso, permitiendo que sea tu corazón quien da valor a la imaginación, descubriéndote una faceta abstracta que es bueno rememorar; porque más que de saber, de lo que se trata es de ver, leer, escuchar cosas que nos llevan a despertar inquietudes que provienen del alma.
 
La imaginación es la puerta de lo sutil. Esto como otras muchas cosas están inspiradas por una Jerarquía de almas avanzadas que trabajan para la humanidad sembrando arquetipos de nuevas formas que son percibidas por los corazones humildes

 
 
Lithos, la Ciudad de la Letra Cincelada, respiraba polvo y autoridad. Sus torres no arañaban el cielo con arrogancia, sino que se hundían en la tierra como raíces de piedra, ancladas a la supuesta certeza de sus infinitos archivos.
 
En sus calles, la gente se movía con una eficiencia silenciosa, sus rostros a menudo velados por una indiferencia pulcra, como si las emociones fueran un dialecto olvidado. Evocaban la Lógica Pura del Conocimiento Codificado; cada aspecto de la vida, desde el comercio hasta el gobierno, se regía por estatutos y comentarios extraídos de los Grandes Códices, interpretados por generaciones de eruditos con dedos manchados de tinta y despiertos corazones.

Dentro del Archivo Central, bajo la luz filtrada por altas ventanas polvorientas, Elian se inclinaba sobre un rollo de pergamino tan antiguo que amenazaba con disolverse al tacto. Era un aprendiz joven, de hombros ya encorvados por el peso de los tomos y la expectativa. Tenía talento para descifrar las grafías más intrincadas, para seguir los hilos conductores de energías que no se ven, pero forman parte del trabajo silencioso para la humanidad que sustentaba Lithos.

Elian leía hoy, lo que era un pasaje del Códice de los Orígenes, uno supuestamente metafórico: “…y la montaña habló, no con estruendo, sino con el silencio que guarda la memoria de la roca. Solo aquel que acalla su propia voz interior puede escuchar su latido…”
 

Elian sabía que todo trabajo, toda acción pertenece al camino del despertar. Había encontrado otras frases similares, esquirlas de un lenguaje distinto incrustadas en la roca de la lógica pura más interior, todas ellas relegadas a la categoría de “poesía arcaica” o “desvaríos místicos pre-racionales”.

¿Y si no eran metáforas? ¿Y si la montaña realmente hablaba, de algún modo que la humanidad ya no sabía escuchar?
 
Cerró el rollo con cuidado, el olor a tiempo y descomposición llenando sus fosas nasales. Necesitaba aire. Al salir al Gran Atrio del Archivo, sus ojos se cruzaron brevemente con los de Lyra. Era una de las sencillas de corazón, una mujer de edad indefinida, de rostro surcado por arrugas finas como los mapas de ríos secos. Nunca hablaba mucho, pero sus ojos grises parecían absorberlo todo con una calma desconcertante. Ahora mismo, no estaba leyendo ni puliendo. Estaba quieta junto a un macetero de piedra donde una planta seguía su proceso de vida. Lyra no la regaba ni la tocaba; simplemente la miraba, con la cabeza ligeramente ladeada, como si escuchara algo que Elian no podía oír.
 

Un leve rubor pareció subir por las hojas marchitas de la planta. ¿Era posible? O una simple ilusión óptica, un juego de la luz mortecina del atrio.
 
Elian apartó la mirada, incómodo por esa quietud tan ajena al silencio intelectual e intuitivo del Archivo. Se dirigió hacia la salida, pero la imagen de Lyra y la planta se quedó grabada en su mente, junto a la frase sobre la memoria silenciosa de la roca. Afuera, el sol pálido de Lithos bañaba las calles empedradas. La gente fluía a su alrededor, cada uno en su senda predecible. Eficientes. Ordenados. Despiertos.

Y por primera vez, Elian sintió una punzada aguda, no de duda intelectual, sino de una profunda y desconocida sed. La sed de escuchar, quizás, el latido silencioso bajo la piedra. ¿Pero cómo? ¿Cómo aprender a acallar esa voz mental llena de citas, leyes y comentarios, para poder, tal vez, empezar a oír algo más? La pregunta resonó en el vacío de su corazón, tan vasta y desnuda como el cielo sin nubes sobre Lithos.
 
«El mayor miedo de la humanidad, es abrir la cortina del conocimiento, y descubrir que todo en lo que creían nunca existió.»

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