La inteligencia artificial nos da respuestas a muchas preguntas. Puede que este medio de preguntar nos lleve a algún tipo de satisfacción en algunos momentos de nuestra vida. Un ser humano pregunta a una máquina, y la máquina le ofrece una respuesta.

Desde lo externo todo parece una constante evolución, ahora sumada al almacenamiento de mucha información y recreada a través de algoritmos.

La Wikipedia nos dice de algoritmo: «En matemáticas, lógica, ciencias de la computación y disciplinas relacionadas, un algoritmo ​ es un conjunto de instrucciones o reglas definidas y no-ambiguas, ordenadas y finitas que permite, típicamente, solucionar un problema, realizar un cómputo, procesar datos y llevar a cabo otras tareas o actividades».

¿Nos alejamos de la experiencia de la vida al necesitar preguntar a una enorme base de datos?

Puede que la tecnología nos haga la vida más fácil. Me pregunto, más fácil ¿es también más cómoda? Y la comodidad ¿es sinónimo de superficialidad?

Hay tecnologías que no llegan a todas las edades… Lo digital se expande y obliga a que personas de mayor edad tengamos que reciclarnos, o depender de alguien, o bien, dejar de disponer de servicios que no hace tanto estaban disponibles para todos. Esto, ¿es lo bueno de la tecnología? No.

Los filósofos y pensadores de siempre nos han dado muchas razones para que sea el propio ser humano quien llegue a interrogarse a sí mismo, anunciando que este camino es tan cercano como sencillo de realizar, añadiendo que los valores de ética no se experimentan al conocerlos, sino al vivirlos. Sócrates nos decía: «No puedo enseñar nada a nadie. Sólo puedo hacerles pensar».

Quizás un problema del ser humano no sea el de encontrar respuestas, sino hacerse las verdaderas preguntas. También Sócrates nos indica que: «Preguntar es el principio de la sabiduría». Pero ¿puede ser que tanta tecnología enfocada a “hacernos más fácil la vida” nos atrofie los sentidos elementales de la conciencia unida a la verdadera convivencia?

Hace bastantes años que observo la multitud de anuncios en televisión de medicamentos para muchas dolencias que, a priori, algunas o muchas las está creando la propia sociedad y esos ritmos vertiginosos de vida, de trabajo, de ese modo de vivir el tiempo que parece que nunca tenemos bastante… ¿No será que no priorizamos desde el corazón?

Por mucho que inventemos, desarrollemos nuevos sistemas artificiales que nos ayuden en aspectos de nuestras vidas, siempre tendremos pendiente una cuestión que puede ser interesante considerar. Sócrates la reproduce de este modo: «La ciencia humana consiste más en destruir errores que en descubrir verdades». Esta cita enunciada propone que el ser humano dispone de lo necesario para encontrar las verdades esenciales en lo más íntimo de su corazón. ¿Puede una inteligencia artificial emular la presencia, la experiencia, el estímulo y la intuición de un corazón sosegado? No.

La sociedad sigue creando determinadas tecnologías que sabe vender perfectamente a los “afortunados” que las pueden adquirir, y muchos otros todavía añoramos un móvil sin necesidad de que sea “inteligente”. Lo que debemos apreciar no es la tecnología en sí, sino, que nos lleva de la mano a una mayor dependencia, haciendo que lo que de toda la vida se llama ‘comportamiento ético’ se diluya y nos haga más indiferentes a los valores sencillos, ingénitos que llevamos escritos en el corazón.

El problema no son las tecnologías sino el uso que hacemos de ellas. El divertimiento que producen, la dispersión que generan. Las personas seguimos necesitando respuestas ante lo que es la vida y la muerte. La artificialidad de determinadas tecnologías nunca ofrecerá la aprobación de que, es en el propio ser humano donde anida el camino descrito con palabras de Cristo a través de Juan en un versículo de la Biblia: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

A pesar de todo lo que acontece, de todo lo que podemos vivir, nunca está de más no dejarse llevar por las apariencias de bonanza, y considerar seguir dando valor a la propia conciencia, la cual sólo necesita que también le prestemos nuestra atención, y le dediquemos momentos de silencio. Quizás nos sorprenda con inquietudes que sentiremos tan cercanas como los latidos del corazón.

«En cualquier dirección que recorras el alma, nunca tropezarás con sus límites». Sócrates.

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