La habitación de los lienzos

Una persona cualquiera, pues esto no es un privilegio de nadie sino una realidad de todos, tiene su propia habitación en la que hay caballetes, óleos, pinceles y lienzos…
Cada día en estos lienzos quedan reflejados los pensamientos más tenues, los deseos más ocultos, los temores, las conversaciones, las impresiones, las emociones, las intenciones… todo queda reflejado en los lienzos. Unas veces son más, otras son menos lienzos los utilizados, pero siempre, cada día, son pintados por esa “mano que todo lo ve”. La habitación de los lienzos son los éteres.
Un buen día Antonia descubre la habitación de los lienzos. Queda sorprendida de lo que hay pintado; ha entrado en la habitación a media tarde, y observa lienzos aun en blanco, pero otros ya pintados con siluetas, colores. Manchas y trazos de diversos tamaños y formas que no dicen aparentemente nada. Pero, se queda mirando atentamente algún cuadro hasta apreciar, sentir que algo de lo pintado tiene un sentido íntimo.
Como ya conoce la habitación, esa que nunca había imaginado que existía, al salir de ella sintió que más veces la iba a visitar. Por el tiempo las visitas eran más repetidas, aunque siempre en su mente surgía la misma pregunta ¿quién los pinta?
Antonia había aprendido algunas cosas, y por ello no se hacía preguntas demasiado impertinentes. Pues un poco, sí hacía caso a su interior, y este le decía que la habitación no era algo para preocuparse, ni preguntarse quién ni cómo, sino que siguiera adelante sin más preguntas, solo observar dentro de sí y relacionar el interior con los cuadros nuevos de cada día.
Progresivamente fue relacionando cada lienzo a lo que vivía el conjunto de cada día de su vida. Eran ellos como una manifestación gráfica de todo su ser. Gracias a las pinturas comenzó a aprender de sí misma, de todo aquello que no era consciente que pensaba, deseaba, sentía, temía, imaginaba, y también de los hechos acaecidos, consumados que diariamente sucedían; lo que hace y lo que no, todo queda reflejado ahí, en los lienzos.

La propia habitación se convirtió en un sagrario, pues en ella además de lienzos y otros elementos para pintar, sentía ella cada vez que entraba que era un lugar propicio para la oración. Como si el genuino arte evocara la luz, y esta habitaba en la habitación de manera especial, englobando en el ambiente no solo inusitada serenidad, sino también el impulso creador de algunas plegarias...
Otro buen día hizo algo más. Experimentó hacer algo distinto en su vida y comprobar que esto quedaría plasmado en algún lienzo. Imaginó su propio libro y se puso en él. Salieron algunas páginas quedando sorprendida de esto. ¿Puedo escribir y tengo algo que decir que ni imaginaba? Esto fue por la mañana temprano. El resto de la mañana lo dedicó a sus tareas habituales, pero sintiendo que las realizada con una conciencia distinta, como que “algo me está mirando y debo dar importancia a cada cosa, pues todo queda relatado en los lienzos…”
La tarde fue también especial. Siguió con esa conciencia de lo pequeño sintiendo que cada clic que hacía al ratón de su ordenador era importante, y llegaba a algún lugar. En esta ocasión le daba forma a la portada de ese libro, creando algo genuino, imaginativo, y que pocas veces en la vida sentía tan natural.
Las energías silentes siempre están, si hay atención, se dijo.
Tras cenar no aguantó más el impulso de volver a entrar a la habitación de los lienzos. Y se encontró con una exposición diferente a los pasados días. Los cuadros eran más afines a lo que conscientemente había ido haciendo y viviendo ese día. La sorpresa fue encontrar lienzos que denotaban muchas menos sombras que otros días, y había luz en casi toda la superficie del lienzo, una luz no del blanco del tejido, sino pintada y contrastada con otros tonos que apenas eran oscuros, muchos se delataban como brillantes y vivos. Imágenes, figuras que evocan belleza. Veía esa noche que había más lienzos de lo habitual, y como las viñetas de un cómic, la exposición de ese día mantenía una curiosa continuidad y armonía. Cada lienzo relataba también lo que conscientemente había vivido.

La conclusión era evidente. Cada cosa que de algún modo vivimos queda impresa en algún lugar. En su particular caso, es como si la vida le hubiera ofrecido conocer ese lugar tan real para todos, solo inexistente sin el corazón.
Siguió el paseo en la sala de su propia exposición diaria, donde cada lienzo relata la radiografía de lo que es, como un espejo que no engaña salvo al que no lo quiere ver…
Y, por supuesto, encontró el lienzo donde claramente está escribiendo esas páginas iniciales de su primer libro; y, por supuesto, también otro lienzo dedicado específicamente al momento de la ideación de la portada y el título del libro.
Continuó mirando los lienzos siguientes. Curiosamente dos más, pequeños y descriptivos. ¿Cómo estos lienzos describen lo que ni yo misma sabría explicar de mí? Evidenció que ella misma se respondía:
—Cuando dejas de pensar es cuando lo que viene, en la justa medida, es lo que necesitas saber. No eres mente, y en ella debes poner solo lo necesario; como en este día en que la mayor parte de los lienzos manifiestan una expresión, la tuya, más genuina. Da gracias a vivir en el corazón y menos en la mente. Así los lienzos te enseñan lo que eres, pero también ayudan a cambiar hacia lo que de verdad debes de ser.
La exposición de lienzos terminaba. Ya solo quedaba uno por ver. Menuda sorpresa. ¡Este último era tal cual ella misma viendo ese lienzo! Tomar conciencia es sinónimo de felicidad, sintió.

Marchó a dormir con una gran sonrisa. Había descubierto que los lienzos son una clara radiografía de sí misma. Y que la importancia de este día y la exposición fue definitiva para comprender que cada día hay que crear, hay que repartir luz, ser Paz, ser consciente de cada instante, pues tal conciencia hace que seamos transparentes, y lo que pintamos que queda en el Universo sea Amor y Luz también para los demás.
—¡Menuda responsabilidad tan hermosa!
La Verdad aparece cuando estás preparada para recibirla.
Y se durmió.
