EL LUNES DEL APAGÓN

Resulta interesante recordar cuando un día, no hace mucho tiempo, desapareció la luz eléctrica, la cual ya sabemos -sin necesidad de explicaciones- que es uno de los pilares importantes para el movimiento de la sociedad actual. A partir de ese momento se te plantea un día que difiere de muchos hábitos y puedes destinar el tiempo para otras cuestiones.
Te contamos el caso de lo que se vivió ese lunes en España, desde un personaje ficticio llamado Antonio.

Al poco tiempo de quedarse sin la energía eléctrica, nuestro personaje apreció que podía salir a las calles del tranquilo barrio donde vivía, pasear, observar a las personas, a los árboles, a los animales domésticos jugando en un parque, a los pájaros de varias especies revoloteando como un día más de su existencia…
Pero Antonio se dejó llevar por esas vibraciones de la naturaleza, ajena al llamado apagón, principalmente calmando su mente de pensamientos agobiantes, y por la circunstancia lógicos, pero dejando atrás estos menesteres fútiles de la mente, y fluyendo en un silencio que no parecía tener fin en el contacto interno de una calma serena y expectante de sí misma.

El interior no se manifiesta con palabras, descubrió. El interior no piensa lo objetivo, descubrió. El interior no piensa, concluyó. Pero el interior acompaña más que cualquier razón psicológica que responda a una pregunta al respecto del problema del corte de luz eléctrica, solo que hay que destinar tiempo para saborear la propia esencia, y llegar a ella a la vez que ella no está escondiéndose.

Es un atrevimiento salirse de lo mundano, de lo que percibe la mente, de lo que evocan los hábitos y las seguridades, sintiendo, aunque sea fugazmente, que la vida no está escrita solo en lo que relatan los sentidos y la propia mente.
El silencio, denso y palpable, se abalanzó sobre Antonio como una manta de terciopelo negro. La brusca interrupción de la luz eléctrica, ese cordón umbilical que nos ata al frenético ritmo del mundo moderno, lo había arrancado de su rutina, dejándolo varado en un puerto desconocido.

"El tiempo es una ilusión", le resonó una frase de Einstein en la mente, un eco distante de lecturas olvidadas. Y ahora, sin la luz titilante del ordenador, sin el zumbido ocasional de la nevera, parecía convertir el tiempo en una presencia que custodia el alma.
Salió a la calle, impulsado por una curiosidad que se negaba a ser ahogada por el seguramente pensamiento colectivo. El barrio, usualmente un hervidero de coches y bocinas respiraba un aire de calma inusual. Niños jugaban al balón en la calle, ajenos a la ausencia de pantallas. Un anciano alimentaba palomas, con una parsimonia que la prisa cotidiana había robado.
Se sentó en un banco del parque, observando el ballet aéreo de los pájaros. Sus movimientos, precisos y libres, contrastaban con la torpeza de sus propios pensamientos. Se dio cuenta de que la mente, en su afán por interpretar y controlar, lo mantenía prisionero en una jaula de preocupaciones.
"No nos bañamos dos veces en el mismo río", otra frase de un pensador emergió desde lo profundo de su memoria. Cada instante era único, irrepetible, y él lo estaba dilapidando en cavilaciones inútiles sobre el apagón, confirmando que era generalizado como mínimo en toda la península. Cerró los ojos y respiró profundamente. El aire, limpio y fresco, le llenó los pulmones, expulsando la ansiedad. Intentó silenciar el parloteo interno, esa voz constante que le dictaba cómo debía sentirse, qué debía pensar.
Al principio fue difícil. La mente, como un mono inquieto, saltaba de un pensamiento a otro. Pero poco a poco, con paciencia y atención fue desapareciendo el ruido. El silencio se hizo más profundo, más resonante.

En ese silencio descubrió algo sorprendente. No era un vacío, sino una plenitud. Una presencia sutil, cálida, que lo abrazaba desde dentro. No había palabras para describirlo, ni conceptos para definirlo. Era simplemente una sensación de desapego a lo formal, de conexión, de presencia. “El interior no se manifiesta con palabras… el interior no piensa”, se dijo. Y sentía descubrir un atisbo de estar presente, y en la medida que la mente no estaba, la presencia esencial amanecía.
Estar presente es como vivir la contemplación de un pequeño todo, sin mirar, sin pensar, sin sentir nada concreto. Y esto va seduciendo la propia esencia, estimulando la poesía que hay en ti, sintiéndote parte de la Madre Naturaleza gracias a la emanación del corazón.

Comprendió que la esencia de la vida no se encontraba en la superficie, en el torbellino de las distracciones y las obligaciones, sino en la profundidad del ser. Y que para acceder a esa profundidad, a esa fuente inagotable de sabiduría y amor, solo hacía falta detenerse, respirar, y escuchar.
El apagón, paradójicamente, le había regalado la oportunidad de reconectar consigo mismo. Le había recordado que la verdadera riqueza no se mide en vatios ni en gigabytes, sino en la capacidad de saborear el presente, de apreciar la belleza interior y que nos rodea, sintiendo que la naturaleza está en continua meditación.

Unas diez horas después la luz eléctrica regresó, Antonio no sintió el alivio que esperaba. En cambio, experimentó una ligera melancolía, la sensación de ver cómo ese momento de calma y conexión llegaba a su fin. Pero sabía que la experiencia lo había transformado. Había descubierto un oasis de silencio cuya voz era ser consciente gracias a ser sencillo.
Antonio se prometió a sí mismo que, a partir de ese día, dedicaría tiempo cada día a cultivar ese espacio interior, ese refugio de paz que le permitía vislumbrar, aunque fuera fugazmente, que la vida es mucho más que lo que relatan los sentidos y la mente.
Porque, quizás, el tiempo no exista realmente, la mente no sabe vivir el poder del ahora, entonces lo importante es aprender a vivir con la plenitud silenciosa cuya fuente es el corazón.
