LA VOZ DE SU PROPIO CORAZÓN

En la sociedad de la que vengo es casi todo previsible. Las pelis no son como antes, donde primaba un argumento decente. La literatura, antes, era menos amplia de temas y cantidad de contenidos, aunque hecha con intención de sorprender hasta la fibra más íntima de tu ser. Pero la actualidad no me brinda despertares, salvo que me quiera pasar a lo productivo de un mercado en decadencia, donde cantidad ya no es calidad.


Soy Mara, y siempre he buscado la verdad de la vida en las personas, los lugares, en mí misma, en alguna parte. Pero ahora hay tantas verdades que ninguna me parece cierta. Los tantos conceptos acribillan la mente, y quien se presenta como sabedor de la filosofía de siempre la envuelve en celofán de psicología y nombres nuevos nacidos para producir dinero y reputación de seguidores; me siento perdida entre tanto espectáculo dantesco.
Un buen amigo que siempre me escucha y comprende me llevó a una zona aislada y le pedí que me dejara sola un día completo. Quería alejarme de todo y volver a las andadas del supremo silencio que también existe en el planeta: el desierto.
Mi madre era muy profusa en la ciencia de la vida, seguro que su alma tenía muchas vidas recorridas. Me vine con algo que me dice ella, que en realidad es de Krishnamurti: “No hay necesidad de ir de maestro en maestro, de gurú en gurú, de líder en líder, pues todo se encuentra en tu interior, el principio y el fin.”


LA VOZ DE SU PROPIO CORAZÓN
El polvo se arremolinaba a sus pies, levantado por el viento implacable del desierto. Mara, en la cima de la duna más alta que podía ver, apretó los puños. Sus palmas, curtidas por el sol y las incontables horas de viaje, ardían con la frustración.
Había buscado durante años. Maestros renombrados, ermitaños ascetas, líderes espirituales con ejércitos de seguidores... Todos prometían la llave, el camino, la verdad. Mara, sedienta, bebía cada palabra, imitaba cada práctica, se sumergía en cada dogma. Pero cada vez, el sabor se volvía amargo en su boca. La promesa se desvanecía como un espejismo en el horizonte pues llenaba la mente, pero no el interior.

Hoy, se sentía más vacía que nunca. La última gurú conocida, una mujer anciana con una mirada penetrante y un séquito de acólitos, la había despedido con una palmada suave en la mano y un consejo delicado: "Sigue buscando, hija. La luz aún no te ha encontrado."


Mara rió, una risa hueca que se perdía en la vastedad del desierto. "Sigo buscando... pero ¿qué estoy buscando siquiera?" Su pensamiento corría veloz, como buscando algo que no existe fuera. Cansada, se recostó en la arena caliente. Cerró los ojos y respiró profundamente, sintiendo el calor del sol en su rostro.
El viento le susurraba saberes antiguos que sentía como verdades pendientes de aceptar.
Entonces, una expresión surgió en su mente, como una burbuja desde lo más profundo de su ser. Una declaración que había escuchado tantas veces: “El Filo de la Navaja.”
Esta es la metáfora más expresiva de la vida interior. Llamada por algunos “El Sendero”. Su madre le decía al respecto que solo la humildad conduce a la sabiduría sencilla del corazón.
Con un suspiro, Mara abrió los ojos. El sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo con tonos de naranja, rojo y púrpura. Era una belleza simple, devastadora. Y por primera vez en años, Mara la vio. No como una promesa de iluminación, sino como un reflejo de algo que ya existía dentro de ella.



Reverberó las palabras que le decía su genuina madre: "No hay necesidad de ir de maestro en maestro, de gurú en gurú, de líder en líder, pues todo se encuentra en tu interior, el principio y el fin."
¿Qué había estado buscando afuera cuando la respuesta siempre había estado dentro? La paz, la sabiduría, la conexión... todo estaba ahí, latente, esperando ser reconocido. No más desierto. No más búsquedas inútiles


Su viaje no había terminado, pero ahora sabía que el camino era interno y exento de cavilaciones y de personajes que saben hablar, pero apenas pocos llegan a despertar el corazón.
En el silencio del desierto, Mara encontró la voz que había estado buscando, la voz que siempre había estado ahí, esperando ser escuchada. La voz de su propio corazón.
Ya no buscaría a un gurú, sino a la gurú que siempre había sido: ella misma. El desierto seguía siendo vasto y desafiante, pero ahora, ella tenía la brújula. Y la brújula apuntaba, inequívocamente, hacia su interior. El principio y el fin.
