Valentía, audacia y coherencia en la educación

Empezaré esta columna explicando brevemente el significado del nombre de la misma. Espíritus Rebeldes es un libro que Khalil Gibran Khalil escribió en la primera década del siglo XX. Sorprenderá, si alguien decide echarle una ojeada –si es que no lo conocen-, la actualidad de sus planteamientos, lamentablemente.

Valentía, audacia y coherencia en la educación

Una contundente crítica social a los poderes establecidos -políticos, judiciales y religiosos-, con un claro posicionamiento progresista en contra de la pena de muerte, a favor de la igualdad del valor de las personas, de denuncia de la injusticia social y en contra de las tradiciones opresivas -por culturales que quieran considerarlas todavía muchas personas-, son algunas de las cosas interesantes que nos encontraremos en su muy agradable lectura.


Pero sobre todo hay que reconocerle a este polifacético autor la valentía y la audacia de ser capaz de mantener -hace más de un siglo-, la coherencia de los planteamientos de sus escritos, coherencia que tuvo que sufrir durante su vida, dejándonos no obstante un legado plagado de principios éticos.
Valentía, audacia, coherencia. El mundo es de las personas osadas. De aquellos y aquellas que de manera absolutamente inocua transgreden lo establecido, sin provocar enfrentamientos y respetando la libre actuación de los demás, constituyéndose en buques insignia de grandes cambios que les sucederán, quizás muchas veces sin que estas mismas personas lleguen a verlos. Y sufriendo en muchas ocasiones -como Gibran- las duras represalias de quienes, ostentando determinados poderes y de quienes acomodados en su forma de vida no están dispuestos a asumir otras maneras de vivir, se sienten amenazados por estas actuaciones.
No son éstas características de las que en estos momentos pueda presumir la Educación en general, salvo honrosas excepciones. Existe una grave tendencia a “normalizar”, a considerar de la misma manera a todo el alumnado, a “integrar” en el sistema a todas las personas de la misma manera. En contra de sus características diferenciadoras personales que, adecuadamente tratadas, podrían constituir un enriquecimiento creativo para todas las sociedades, tan necesitadas de creatividad y auténtica innovación.
Los niños y las niñas en los centros educativos, y ya en las mismas escuelas infantiles, deben jugar como se les enseña, cantar como se les enseña, comportarse de igual manera en el aula, dibujar y pintar cómo se les enseña, y pobre de aquel o aquella que indiscriminadamente rompe el molde y pretender hacerlo de otra manera. Todos han de ser iguales, y en ese ser iguales se confunde la igualdad de estar con la igualdad de ser.
Confundimos la Educación con las cuatro paredes de los centros educativos (sean de ladrillo o prefabricadas). Confundimos la transgresión con la excentricidad y la alabamos y la cotizamos económicamente. Y condenamos y perseguimos la auténtica transgresión, base fundamental de las utopías que movilizan y transforman a las sociedades.
Confío enormemente que a pesar de la presión de la uniformidad preponderante en este mundo globalizado en falsos valores, no dejen de surgir por doquier espíritus rebeldes, ya desde las escuelas infantiles. Son parte de nuestra gran esperanza del mañana.
Por eso y muchas cosas más, este pequeño escrito está dedicado a los muchos auténticos espíritus libres que ya existen y a todos los demás que pueden y deben llegar a serlo.

02.10.2010 Luisa Cardona

Pedagoga y educadora social